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El voto sin lectura: una herida silenciosa de la democracia colombiana

Dialegu 5 min de lectura
democracia lectura educación Colombia participación política

La política electoral colombiana se ha mudado a la pantalla del celular. El tarjetón ya no representa un debate de ideas, sino un catálogo de personajes. En cada campaña, el ciudadano se enfrenta a un desfile de candidatos que bailan en TikTok o lanzan frases incendiarias para apelar al estómago más que a la cabeza. Las elecciones se parecen cada vez más a un reality show donde la popularidad del participante sepulta la viabilidad de sus propuestas. La democracia no se degrada por accidente. Detrás del espectáculo hay una herida estructural que pocos asocian con la política: la crisis de lectura y la pobreza de aprendizaje que arrastra el país.

Los datos son demoledores. El Laboratorio de Economía de la Educación de la Universidad Javeriana señala que la pobreza de aprendizaje en Colombia alcanza el 48%. Esto significa que casi la mitad de los niños de diez años son incapaces de leer y comprender un texto sencillo. A esto se suma el diagnóstico regional del estudio ERCE, donde casi el 69% de los estudiantes de sexto grado no logran los niveles mínimos de comprensión lectora. ¿Cómo exigirle un voto de opinión a una ciudadanía que creció sin las herramientas básicas para descifrar el mundo escrito? Esta falta de comprensión escolar no se queda en el aula escolar; pasa del salón de clase a las urnas.

Leer mal también empobrece la democracia

Esta falta de comprensión define cómo elegimos líderes. En una orilla, figuras como Abelardo de la Espriella, apodado "El Tigre", logran que su marca visual se imponga sobre sus ideas. En entrevistas de calle, algunos de sus seguidores más entusiastas confunden su nombre o su apellido, pero defienden la fiera con fervor. Importa el rugido, no la propuesta. Cuando la lectura falla, el votante se queda en la decodificación elemental del símbolo: el logo de campaña o la agresividad de un apodo.

En la acera opuesta ocurre lo mismo, aunque con otra estética. Iván Cepeda, referente de la izquierda, ha evitado debates clave y presentó un programa de gobierno compuesto por recopilaciones de sus propios discursos, un documento denso de más de 400 páginas. Nadie lee un volumen así. Al desconocer las propuestas de fondo, sus seguidores terminan defendiendo su opción política con el mismo fervor ciego y la misma falta de información que el bando contrario. Sin el ejercicio de una lectura comprensiva, la militancia de ambos lados se polariza en torno a frases de cajón. El debate se reduce a repetir eslóganes de campaña para blindar al candidato propio y atacar al ajeno. El ciudadano ya no lee el país; consume su caricatura.

El sufragio universal garantiza, con justa razón, que el voto no dependa de saber leer o escribir. La democracia es de todos. Pero una cosa es el derecho sagrado a elegir y otra la desprotección del elector frente al engaño. Cuando no hay comprensión crítica, el votante queda indefenso ante la manipulación mediática.

Programas de gobierno que casi nadie mira

Los programas de gobierno son el mayor monumento a esta desconexión. Cada candidato los radica ante la Registraduría como un requisito burocrático que casi nadie consulta. Nadie los lee. Analizar una propuesta de reforma agraria o un plan de transición energética exige un esfuerzo intelectual que la cultura del clic rápido ha erosionado. El lingüista Hollis Scarborough proponía el modelo de la cuerda para explicar cómo se logra una lectura hábil: se necesita trenzar la decodificación automática con una comprensión del lenguaje que incluye un vocabulario amplio y la capacidad de conectar la información con conocimientos previos. En nuestra cultura política, esa cuerda está rota. Sin el hilo de la comprensión estratégica, el debate de fondo desaparece y el voto se decide por un titular de prensa o una discusión de emisora.

Esta fragilidad argumentativa facilita la imposición de narrativas diseñadas para estigmatizar o ensalzar sin filtros. Las mentiras y las verdades a medias se adoptan a ciegas. Como el cerebro no está entrenado para contrastar fuentes o verificar la coherencia lógica de una propuesta, prefiere la comodidad del prejuicio. El informe LEE de la Javeriana revela que las brechas empiezan temprano: en los hogares de estrato 6 se lee e interactúa con los niños más de tres veces que en los de estrato 1. Esa ventaja inicial crea ciudadanos con mayor capacidad de defenderse frente a la manipulación mediática, mientras que las mayorías quedan vulnerables a cualquier relato emocional que les venda un algoritmo.

El problema no es la ideología, sino la fragilidad del criterio

Señalar esto no busca descalificar ninguna postura ideológica. En una democracia saludable, la diversidad de ideas y los contrapesos políticos son indispensables. Las distintas visiones del país no son neutras y es legítimo defender la derecha, el centro o la izquierda. El peligro real no radica en el color político que elija el votante, sino en la fragilidad de su elección. Una democracia donde las decisiones se toman por el impacto de un eslogan y no por la evaluación de una propuesta es una democracia secuestrada por la demagogia. El debate sano requiere contrincantes que lean y argumenten, no hinchadas de fútbol que se gritan desde las tribunas.

Debemos dejar de ver la lectura como una actividad escolar o un pasatiempo de élites. Es, ante todo, un acto de defensa propia. Si queremos dejar de votar de oídas, el camino empieza por abrir los libros y exigir que las propuestas se escriban con rigor, pero sobre todo, que se lean con criterio.